Friday, November 04, 2005

¿Asesinato?


Asesinato por la “víctima”:
Estaba tumbada en mi cama, cuando sentí que mis problemas abarcaban un gran porcentaje de mi mente. Miré fijamente un espejo en forma de triangulo que estaba en la mesa junto a mi cama que no podía evitar ver, y cada vez que lo observaba me mostraba una imagen más distorsionada del mundo. Me interrumpió la concentración, un ruido de una piedra en mi ventana, corrí inmediatamente a ver quien era, supe de inmediato que era él.
Tenía 15 años cuando lo conocí. Él tenía los mejores padres y amigos, pero desde el momento en que se fijó en mí los perdió a todos en cierta forma.
A nuestros papas nunca les agrado la idea de que estuviéramos juntos; encontraban que éramos totalmente distintos, de mundos paralelos e imposibles cruzar.
El me había dicho que había hablado con sus papas, y que ellos le habían dicho que se alejara de mi porque era “rara” una persona no confiable, él me dijo: “es imposible no hacerles caso, pero, aun lo es más vivir sin ti”.
Después de un largo rato de estar abrazados, le pedí que tomara el espejo de forma triangular y que me matara cortando mi cuello. Obviamente el me dijo que era una desquiciada que jamás me quitaría la vida, que prefería morir el primero.
Yo le dije que era la prueba de amor más grande que me podía dar.
Le entregue el espejo de forma serena, no sentía temor solo una gran satisfacción.
El angustiadísimo, con los ojos cerrados y fuertemente apretados lo puso en mi cuello, lentamente lo clavo y fue recorriendo poco a poco mi cuello. No sentía dolor alguno, solo me sentía desvanecida, la sangre aun tibia corrió por mis brazos. Dirige la mirada hacia él y vi como se auto infringiría cortes en su brazo desquiciadamente, lentamente caí al piso.
Siento mi cuerpo húmedo de mi propia sangre unida a la de él, en un suelo frió de muerte.
Veo la imagen de cómo se lo llevan en una camilla hombres de blanco y cómo a mi me cubren descuidadamente mi cuerpo y mi cara con un plástico negro.

Por el causante:
Ella desde hace tiempo me parecía extraña, hablaba de la vida como si estuviese condicionada por la muerte, hablaba de su muerte constantemente. Pero yo sabía que no era tan valiente como para matarse ella, por eso cuando estuve en la fatídica noche me suplico que la matara, aludiendo al amor, que sabía que por mi parte era incondicionado y sin temores.
Yo sigo viviendo y hasta hoy sufro el castigo de la culpa y el exilio que la misma sociedad me impuso a un lugar turbio y oscuro.
Yo solo la amaba ¡lo juro!, y sé que aunque me dejó luchando solo me vendrá a buscar, porque nuestro amor era de verdad.

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